viernes, 22 de enero de 2010
Corrías. E incluso llegabas a volar. La primera vez no existían los obstáculos. Te atragantabas en mi garganta, con sabor a café recién hecho y a besos, y a pasta de dientes. Luego te deslizabas despacito por mí. Yo quería ser fuerte y tú eras un héroe sin saberlo. Una cadena inoportuna y desobediente ahora me ataba a la vida. A la locura. Pero nunca encontré la llave que me pedías que buscase y sigues detrás del cristal de la puerta, pintando con temperas y susurrando lo primero que se te pasa por la cabeza. Yo, tengo que mirarte desde lejos y, a veces, solo sentirte, cuando empañamos el cristal si nos queremos a la vez y la barrera se vuelve inquebrantable. Ya no nos queda mayo ni junio ni primavera ni otoño. No quedamos siquiera nosotros mismos. Ahora yo soy tú. Yo soy todo lo que dices, lo que piensas o lo que ves cuando te despiertas y te enjuagas la cara para pensar si ya sueñas o estás despierto. Pero eso eres, un sueño. Mi sueño. No voy a dudar si existo o no porque no existo si no sueño. Si no [te] sueño.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
y a pasta de dientes... (L)
ResponderEliminarSoy Elena, otro blog compartido con una amiga escritora :) Síguenos!
es genial.. mm sabor a café recién hecho! :)
ResponderEliminari´m angie!